viernes, 10 de diciembre de 2021

Experiencias transformadoras desde las familias, escuelas y comunidades: Aportes imprescindibles en época de pandemia.

"Ninguna persona ignora todo.

Nadie lo sabe todo. Todos sabemos algo.

Todos ignoramos algo. Por eso aprendemos siempre".


Pedagogía del oprimido. Paulo Freire.


 En el sistema escolarizado, una de las actividades cúspide es la ceremonia de clausura del ciclo escolar. Ésta lleva consigo el reconocimiento y entrega de documentos oficiales a alumnos y alumnas que culminaron los estudios correspondientes a cierto nivel. La llegada de la pandemia impidió que estos actos solemnes se llevaran a cabo de manera presencial, pero hubo escuelas donde los colectivos -atentos, sensibles y sumamente creativos- realizaron actividades para cerrar el año y despedir a sus estudiantes: Desde ceremonias virtuales hasta la entrega de papelería y felicitaciones a domicilio.

Basta navegar por las páginas de Facebook o blogs de algunas instituciones para corroborarlo y  comprobar, una vez más, que en cualquier contexto es posible encontrar y generar posibilidades educativas. Pienso en los maestros y maestras que realizaron esas actividades y me los imagino organizándose, asumiendo compromisos y construyendo anhelos: “Yo me encargo de elaborar un cartel virtual”, “nosotros hacemos el video de despedida”, “a mí déjenme la recolección de fotografías”, “yo pongo mi camioneta para ir a entregar papelería”.

Muchos estudiantes también han destacado por su capacidad creadora y transformadora, participando en campañas informativas, realizando videos didácticos y recreativos o enseñando el manejo de herramientas tecnológicas.

Y así como en el terreno escolarizado, durante esta fase de pandemia, hay experiencias sumamente notables que sin duda serán parte de la historia pedagógica en nuestro país, hay también valiosas ideas y acciones surgidas desde las familias y las comunidades.




Sin embargo, con o sin pandemia, la tentación de convertir a los demás en meros receptores de información o instrucciones, en lugar de recuperar sus saberes y procesos, es muy grande.

Mario Kaplún, comunicador popular, en su libro Una pedagogía de la comunicación nos habla de tres modelos educativos:

1. Un modelo de educación que pone el énfasis en los contenidos: Consiste en la transmisión de conocimientos por parte de la élite “instruida” a las masas ignorantes.

2. Un modelo de educación que pone el énfasis en los efectos: Consiste en moldear la conducta de las personas con objetivos previamente definidos.

3. Un modelo de educación que pone el énfasis en el proceso: Destaca la importancia del proceso de transformación de la persona y las comunidades.

Estos tres modelos convergen en el tiempo y en el espacio, pero los dos primeros conciben a las personas como objetos de la educación, mientras el tercero las concibe como sujetos de la educación. Así que, aun con las lecciones históricas y los innumerables ejemplos concretos acerca de la capacidad y fuerza organizativa y creadora de los docentes y los estudiantes en las escuelas, de las familias y las comunidades, hay quienes se adhieren en los hechos a los dos modelos que ponen el énfasis en los contenidos y en los efectos y, de esta forma, mutilan la participación activa e invisibilizan los saberes y procesos construidos en colectividad.

No es nada nuevo. La Educación Popular y la Pedagogía Crítica y emblemáticos libros como Pedagogía del oprimido o Cartas a una profesora lo denuncian de forma pormenorizada. No es de extrañar, en ese sentido, que a pesar de los discursos  en donde se pregona la participación activa de los estudiantes y sus familias, así como la recuperación de sus aprendizajes previos, intereses y necesidades, existan quienes, en la acción, desde un enfoque verticalista, castrante y falsamente altruista asuman que “hay que educar a los padres/madres de familia y sus hijos”.

Un ejemplo muy ilustrativo al respecto lo protagonizó hace algunos días el gobernador del estado de Coahuila, quien textualmente dijo durante una de sus participaciones públicas: “…vamos a hacer lo necesario para poder educar a los padres de familia y que a su vez se eduquen (sic) a los niños”.

Predomina lo siguiente en la declaración del gobernante: Alguien (sujeto que sabe) educa a otro (sujeto que no sabe).

Asimismo, en algunas propuestas educativas para tiempos de pandemia, expresadas en foros, debates, mesas redondas, artículos de opinión o Programas Escolares de Mejora Continua (documento guía de las escuelas de educación básica en nuestro país) se escuchan expresiones similares o casi idénticas a las del mandatario coahuilense.

Desde esta visión la fórmula es simple: Los padres de familia no están educados, hay que educarlos; los niños no están educados, hay que educarlos. Y respecto a los maestros puede aplicarse la misma receta: puesto que no saben, puesto que no están educados, hay que ofrecerles capacitaciones a granel. Y en tiempos de pandemia, el espacio virtual es terreno fértil. Sentados frente a la pantalla, viendo videos o leyendo textos ajenos a nuestra realidad, nos estamos educando. ¿Será?

Empero, aun con las visiones autoritarias, decimonónicas sobre la educación  y los procesos de aprendizaje y la construcción del saber, en estos contextos de pandemia las familias y las comunidades aprenden, construyen conocimiento y comparten saberes. Lo hacen, lo hacemos, porque somos seres históricos, que interactuamos con el otro, con los otros, porque ante una realidad concreta que nos presenta situaciones límite, tenemos que recrear y transformar y reinventar.


Por eso, durante este confinamiento, derivado de la emergencia sanitaria por covid-19, nuevas formas organizativas se han construido desde las propias familias y las comunidades y una conciencia más colectiva se ha presentado en algunos lugares.

El llamado al consumo local es una muestra. A través de las redes sociales se difunden los negocios existentes en las comunidades y se alienta la compra de bienes y servicios producidos localmente, lo cual genera dinámicas colaborativas y relaciones más estrechas entre los sujetos. Se trata del bienestar común.

Otra idea que ha emergido en algunos lugares es el trueque. De origen remoto, esta actividad renace como una forma de aminorar los efectos provocados por la contingencia sanitaria. De tal manera que existen espacios, virtuales o presenciales, a través de los cuales se pueden intercambiar todo tipo de bienes y servicios sin que medie el dinero: ropa, clases de idiomas, libros, comestibles, flores, lavados de auto, asesorías, etcétera. La premisa es sencilla: Lo que tú no necesites lo puede necesitar alguien más, y viceversa.

Y hay más: los músicos en las calles y sus conciertos virtuales, las campañas de lectura y promoción del libro y las artes, la construcción de pequeños huertos familiares para el autoconsumo, la elaboración de gel antibacterial y cubrebocas y desinfectantes en algunas familias son tan solo algunos ejemplos de acciones que se han construido desde el seno de la colectividad.

Entonces, uno de los desafíos para el educador del sistema escolarizado –de cualquier nivel o modalidad–  es entender que la escuela no tiene el monopolio del saber, que la escuela como institución (debido a sus objetivos, a su función social, a su estructura, su organización y sus inercias) tiene límites, y hay otros circuitos educativos donde la gente convive, aprende, comparte, se transforma y transforma su entorno.

Entenderlo significa abrirnos a nuevas posibilidades de vida, donde transitemos a otros escenarios posibles, más centrados en la creación y el fortalecimiento de lazos de colaboración y solidaridad. Sin vanagloria, sin pretensiones autoritarias y deformadoras.

Por lo tanto, las acciones transformadoras que están llevando a cabo algunos colectivos de escuelas (ligados a un modelo educativo con énfasis en el proceso), sumadas a los procesos transformadores de barrios, de colonias, de ejidos y familias puede significar una importante posibilidad de cambio, una sinergia transformadora en época de pandemia y, ojalá y así sea, después de ella.

No es poco lo que se está haciendo, hay que rescatarlo.


(Texto escrito en agosto de 2020)

jueves, 2 de diciembre de 2021

El periódico mural en la escuela: Algo más que sólo compartir información

 

Lo recuerdo bien: No sólo durante mi época de estudios en la educación básica, sino también como estudiante normalista y luego como incipiente profesor de secundaria, noté que la elaboración del periódico mural en las escuelas cercanas a mi contexto era una de las actividades que más despertaba el entusiasmo del alumnado.

Una experimentada maestra me dijo que eso sucedía porque a la elaboración del periódico mural le era inherente un proceso de planeación y evaluación en que el estudiantado participaba de forma activa, es decir, poniendo en juego su iniciativa y creatividad, la cooperación y el intercambio de ideas.   

Más tarde, gracias sobre todo a las visitas que por motivos de estudio o investigación tuve que realizar a otras instituciones, descubrí que el entusiasmo que yo había observado en un inicio, y lo dicho por la maestra, no se presentaba de manera generalizada en los planteles escolares, sino sólo en aquellos que en sus prácticas concretas – en el marco de su cultura escolar o espacios educativos-  promovían la participación activa de los estudiantes.  




En este sentido, conocí una secundaria que ofrecía tres muros permanentes para la expresión y la comunicación a través de periódicos murales: Uno estaba reservado a las fechas más significativas de cada mes, el otro a temas dirigidos a padres/ madres de familia y a visitantes de la escuela y, por último, el tercero, a los temas emergentes o de interés de los estudiantes, quienes trabajaban, por lo regular, en torno a los siguientes contenidos:

Fechas significativas de cada mes: Efemérides comunitarias, regionales, nacionales e internacionales. Breves crónicas de sucesos considerados relevantes. Semblanzas de quienes participaron en los sucesos.

Temas dirigidos a padres/madres de familia y visitantes: Anhelos como adolescentes. Aprendizajes obtenidos, procesos y acciones impulsadas como estudiantes.

Temas emergentes o de interés de los estudiantes: Reflexión sobre tendencias juveniles, convocatorias para participar en eventos culturales, concientización acerca del cuidado ambiental y promoción de prácticas solidarias.

¿Cuál era la característica en común de estos tres espacios comunicativos? Que los estudiantes, acompañados por un profesor, trabajadora social o prefectura, participaban de principio a fin en su elaboración. El profesor sugería, orientaba, pero no imponía temas o dictaba línea, de tal forma que brotaban propuestas diversas, el diálogo y el consenso.

Había, pues, participación activa del alumnado, que se manifestaba también en otros procesos, como preparación, coordinación y conducción de eventos comunicativos, o la socialización de saberes y trabajos realizados, o las reuniones semanales de representantes de grupos, donde se abordaban inquietudes, necesidades e intereses como comunidad estudiantil.

Predominaba una cultura escolar en que, no sin resistencias y descalificaciones por parte de algunos sectores (sobre todo de personal de la institución que veía con recelo el protagonismo del estudiantado), se confiaba, y así quedaba demostrado en los hechos, en la capacidad creadora de los alumnos.




Los deberes laborales, después el covid y el cierre de actividades presenciales me impidieron seguir visitando esta significativa escuela. Sin embargo, ese tesón por trabajar en los procesos, por ser constantes en ello y no tirarse a la displicencia, nos muestra que es posible impulsar acciones verdaderamente transformadoras.

En el caso del periódico mural, como desafortunadamente se hace en algunos planteles, nada les hubiera costado comprar el material ya hecho en alguna papelería o mandado a hacer lonas y haberlas colgado en la pared, con la consecuente mutilación de cualquier participación genuina del alumnado.  

Sí, no en todas las culturas escolares predomina el afán por generar procesos de participación genuina. La desconfianza, las cargas burocráticas, las luchas de poder, la competencia por todo y por nada y el cumplimiento a rajatabla del programa de estudios pueden distorsionar procesos y castrar iniciativas. Pero siempre, innegablemente, hay espacios que se pueden rescatar. El periódico mural, considero, es uno de esos espacios.

martes, 23 de noviembre de 2021

Un ser humano excepcional

 

Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede
mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano


Esta semana se cumplieron tres meses de la desaparición física del amigo, del maestro, Juan Francisco Rodríguez Aldape.

Cuando a mediados de noviembre me dijeron que estaba enfermo, de inmediato pensé: “saldrá de ésta, y platicaremos largo y tendido sobre su experiencia, como lo hemos hecho sobre tantos otros temas.”

Porque Aldape era un hombre de diálogo. Sabía escuchar, alentaba el pensamiento de sus interlocutores mediante preguntas genuinas, de buena entraña. Nunca le vi desatento a una conversación o indiferente ante una pregunta. Siento que para él no existía eso que algunos conocemos, arrogantemente, como “trivialidades”.

Más de una vez, al dialogar sobre cualquier tema, yo había tenido que revisar mi planteamiento cuando Aldape me preguntaba, de forma sencilla, ¿y tú por qué crees que fue de esa manera y no de otra?, o, cuando seguramente se daba cuenta de que yo estaba repitiendo lo que alguien más había dicho o escrito, ¿y tú qué piensas? Y continuábamos el diálogo.

A su interés genuino por dialogar con el otro, por alentar su opinión, por escucharle, se agregaba su aguda inteligencia. Siempre con un libro a la mano, era hombre de letras, de números, de ciencia, historia, pedagogía y didáctica y tantas otras disciplinas. Por él conocí a matemáticos, literatos, filósofos, muralistas, fotógrafos, cantantes, educadores y comunicadores populares y vi tantísimas películas y leí libros que me prestó o regaló y que luego, sin excepción, comentábamos en la casa de la Red Norte (en Gómez Palacio, Durango), durante algún desayuno o por teléfono.

No es fácil encontrarse con personas que, conociendo tanto sobre tanto, sean tan sencillas, tan serviciales, tan dispuestas a compartir, del mejor modo, su saber y tiempo con los demás. Que sean, en conclusión, tan humanas. Y Aldape era, ante todo, sobre todo, eso: un gran ser humano.

El 17 de noviembre del año 2020, después de la conmoción matutina que me causó la noticia sobre su muerte, entré a su perfil de Facebook y me encontré decenas de mensajes de sus estudiantes y amigos. Todos le agradecían por las enseñanzas compartidas, por los consejos brindados, por el apoyo recibido.




Si un mandamiento fundamental del cristianismo se relaciona directamente con el amor al prójimo, Aldape era entonces un cristiano auténtico, que se interesaba por los demás y predicaba con el ejemplo, que generaba e impulsaba procesos junto a otros, para la construcción de un mundo mejor, más justo, más solidario.

Vienen a mi memoria, a propósito de esto, tres experiencias inolvidables junto al profesor Aldape, que quiero compartir:

La primera tuvo lugar en la colonia Sacramento. Yo estudiaba, con poco más de veinte años de edad, en la Escuela Normal Superior de la Laguna CI, en donde él era catedrático, y había tenido una larga jornada de trabajo que se prolongó hasta muy tarde. Perdí la noción del tiempo y cayó la noche.

Era domingo. El último autobús del transporte público ya había pasado. Yo no tenía teléfono con que llamar a un familiar cercano, ni dinero para pagar un taxi y volver a mi casa, que está a kilómetros de Gómez Palacio. Nervioso, temeroso, deambulé por las calles de la colonia, ideando y descartando posibilidades.

De pronto me encontré con el profesor Aldape, que cerraba la casa de la Red Norte y alistaba su auto para retirarse a la ciudad de Saltillo, donde vivía. Se extrañó de que a esas horas aún estuviera en la colonia. Mi orgullo no me dejó contarle la verdad en un inicio, pero él se dio cuenta que algo andaba mal. Tuve entonces que explicarle y se ofreció a llevarme hasta mi pueblo.

Bastaba con el traslado a un lugar donde, con suerte, alcanzaría o adelantaría al último camión del transporte público. Se lo hice saber, y no sin resistencia– insistía en llevarme hasta mi domicilio –enfilamos hasta una parte en que al cabo de un par de minutos llegó el autobús. Subí, y el profesor Aldape se retiró sólo hasta que me vio hacerle la señal de despedida a través de la ventanilla.

Quien haya vivido la penuria económica y la desesperación que de ella emana sabe lo que este tipo de apoyos representa.

Antes de ese suceso sólo habíamos intercambiado algunas palabras, durante algún evento cultural en la escuela. Días después, al volverle a ver, quise pagarle la gasolina. Se negó. “Si está en nuestras manos apoyar a alguien que lo necesita, hay que hacerlo”, me dijo. Y me aceptó si acaso un frugal desayuno.

La segunda ocurrió después de un placentero y, al mismo tiempo, extenuante evento que inició por la mañana, muy temprano, y culminó hasta altas horas de la noche. Aldape y yo fuimos los encargados de cargar y descargar mobiliario y equipo de sonido en distintos lugares. Terminamos exhaustos.

Cenamos (fuimos a descansar, en realidad) en un pequeño restaurante que ofrecía platillos típicos mexicanos. Yo platicaba acerca de lo agotadora que había sido la jornada y sobre cómo aprovecharía el día siguiente para dormir bien y recobrar energías. No pensaba en nada más.                                  

De pronto alguien, entre los comensales, reconoció al profesor Aldape y se acercó a saludarle y a platicar con él. Se le veía angustiado, nervioso. Salió durante algunos minutos y regresó con una carpeta que contenía decenas de hojas con números, diagramas y figuras diversas. El profesor Aldape la recibió, ojeó con interés y la guardó. Acordaron estar en comunicación. Fuimos a dormir a la casa de la Red Norte. Ambos daríamos clase en la Normal Superior de la Laguna a las 9:30. Tendríamos tiempo suficiente para descansar.

Cerca de las cuatro de la mañana, sin embargo, sentí que alguien estaba en la sala y rebuscaba entre los estantes. Oí el crujir de la puerta al abrirse y pensé que un ladrón había llegado a robarnos y huía después de haber consumado su objetivo. Me levanté sobresaltado, caminé en puntillas hacia la sala y, al encender la luz, encontré al profesor Aldape, absorto en la carpeta y su contenido, escribiendo notas al margen y alumbrándose con una pequeña lámpara. Era él quien había abierto la puerta para que entrara el aire matinal y aminorara el calor del verano lagunero, era él quien buscaba marcatextos y lápices, entre los estantes, momentos atrás.

“Estoy revisando el proyecto matemático de un exalumno. Es para ingresar como profesor en una universidad. Entre más pronto atienda las observaciones, mejor. Así podrá hacer un muy buen trabajo.”

Más tarde, ese mismo día, me encontré al exalumno entre los pasillos de la Normal. Llevaba la carpeta bajo el brazo. Se le veía contento. “¿Listo?”, le pregunté a modo de saludo. “Listo. Ese maestro es un fuera de serie”.

Tercera experiencia. Antes de iniciar un juego de lotería con los habitantes de la colonia, alguien retó al profesor Aldape a un duelo de ajedrez. Aldape era un magnífico ajedrecista, y en poco más de diez minutos había finiquitado el encuentro. Volvió a ordenar sus piezas en el tablero y pidió a su oponente hacer lo mismo con las suyas. Luego le fue explicando, uno a uno, qué tipo de movimientos pudo haber hecho para no caer tan deprisa, qué tipo de estrategias pudo haber considerado. Jugaron dos o tres partidas más, y en cada una de ellas el profesor conversaba con su contrincante, lo alentaba al análisis y a la reflexión, vinculaba el juego de ajedrez con la realidad. Se formó un nutrido grupo de observadores. Algunos tomaban apuntes.

Tiempo después, le pedí al profesor Aldape que me enseñara a jugar ajedrez. “Claro que sí”, me respondió. “Y también te enseñaré a enseñar a jugar a otros. Si no, ¿de qué sirve saber ajedrez?”

Tengo más historias, más recuerdos con el profesor Aldape, resultado de más de diez años de amistad y compañerismo, y en cada una de ellas está presente no sólo su vasto saber, sino también su eterna disposición para ayudar a los demás, compartir y nunca juzgarse sin tiempo. Está presente su infinita ternura, su gran sencillez, y su coherencia entre lo que decía y lo que hacía.

Fue siempre, sigue siendo, un ser humano excepcional, cuya vida se celebra, se agradece y se recuerda hondamente.

(Texto escrito en febrero de 2021, tres meses después de la desaparición física del amigo y maestro Juan Francisco Rodríguez Aldape).

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Un artículo para repensar el quehacer educativo

 

Un buen amigo mío, educador con décadas de experiencia, me acompañó hace tiempo a una importante celebración familiar. Por la tarde - noche algunos jóvenes inauguraron lo que sería una maratónica y variopinta jornada de baile: Cumbia, bachata, salsa, banda, norteña, etcétera.
Vimos a un muchacho que, sin despegarse del grupo que alegremente bailaba, tecleaba en su celular y no despegaba su vista de él.

- Lo que es el vicio - me dijo mi amigo. Ese chavo ni al bailar suelta su aparato.

Asentí. La adicción al celular era mayúscula.




Alguien que pasaba, y nos escuchó, se acercó y nos dijo, sin poder disimular su sonrisa:


- Están muy desactualizados, maestros. Ese chavo es el dj, es el que pone la música. ¿Ven esa bocina de allá? Pues está conectada, vía bluetooth, a su celular. ¿Sí? Desde Youtube manda las canciones. ¿Sabían eso?

Y pues no, no lo sabíamos. Con pena tuvimos que reconocer que, en efecto, estábamos desactualizados y habíamos emitido un juicio apresurado e injusto. Nos quedaba, en consecuencia, mucho por aprender en relación a la tecnología, sus usuarios, sus manejos y sus alcances.

Lo anterior viene a mi memoria a propósito del artículo "De las Tics a las Tacs: La importancia de crear contenidos educativos", donde la autora,  Mónica Moya López (2013), resalta la importancia que, para los docentes en este momento histórico, entraña la actualización respecto al potencial de las herramientas tecnológicas y los enfoques pedagógicos centrados en el alumno.  

No se trata, entonces, de lanzar juicios descalificadores en contra de las herramientas tecnológicas y de quienes las utilizan - lo que casi siempre se hace por prejuicios, miedo, ignorancia o conveniencia -, sino de saber aprovecharlas, en el mejor sentido, y ponerlas al servicio del aprendizaje en sus dimensiones conceptual, metodológica y actitudinal.




Así pues, cinco categorías fundamentales destacan, implícita y explícitamente, a lo largo del texto: Cooperación, plena participación, creatividad, acompañamiento y creación - transformación (metodologías activas). Éstas, en armonía con la sociedad del conocimiento, son caldo de cultivo para la generación de entornos de aprendizaje significativo.

Dos frases del artículo en mención lo sintetizan de manera contundente:

1. "...se hace indispensable el desarrollo de la competencia digital de los docentes, que a su vez fomentará el desarrollo de la competencia digital de los alumnos, garantizando una educación y un proceso de enseñanza-aprendizaje adaptado a la sociedad del siglo XXI."


2. "Ya no es tanto el acumular y gestionar información, sino que su importancia radica en que esa información se transforma en conocimiento, por lo que las tecnologías deben facilitar el acceso al conocimiento y a su aprendizaje".

Moya López, sensible, aguda, ha escrito un artículo de gran calado, que arroja pistas para repensar el quehacer educativo de cara a los desafíos del siglo XXI. Ojalá de su lectura broten acciones concretas
que impacten positivamente en nuestros ámbitos de intervención. De eso se trata.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Una contestación singular



 

La palabra escuchar contiene las

mismas letras que la palabra silencio


Alfred Bendel, pianista y escritor austriaco


Todos nos hemos hallado en alguna conversación donde nuestro interlocutor monopoliza el uso de la palabra, no nos permite hablar o nos interrumpe de manera constante cuando lo hacemos. Incluso en los ámbitos profesionales, donde debiera existir por principio mayor formalidad en los intercambios orales, hay quienes incurren en toda clase de desatenciones y faltas de respeto hacia los demás. Decimos, sobre estas personas, que no saben escuchar.

En este sentido, es frecuente ver cómo en programas radiofónicos o televisivos, cuando asiste algún experto con el fin de analizar un tema en boga, el anfitrión no le permita siquiera culminar sus intervenciones o busque debatir en lugar de hacer silencio, escuchar y dialogar, lo cual sería, por supuesto, mucho más enriquecedor para el radioescucha o televidente. Se podrían citar múltiples ejemplos similares.

Por eso es muy valioso lo que escribió Carlos Núñez Hurtado, educador popular jalisciense, en el prólogo al libro Pedagogía de la esperanza, respecto al silencio en que se hallaba Paulo Freire durante una reunión. No participaba en las discusiones, no opinaba, no intervenía. Cuando alguien le preguntó por qué estaba tan callado, el respondió que se hallaba en un profundo silencio activo. ¿Silencio activo? Y explicó:

Cuando (…) estaba en Guinea haciendo un trabajo con los campesinos, en un taller cuyo tema era el de la salud, había un viejito que estaba siempre callado. No participaba en ninguna de las dinámicas que ponían los coordinadores en las mesas; estuvo en una esquina, completamente callado, sin participar, durante tres semanas. Pero un día, al final del taller, le pidieron que identificara una "palabra generadora". Y se para el viejito que nunca había hablado y dice: "Salud es liberación, porque la salud se asocia con la liberación del hombre", etc. Hizo entonces una larga y muy clara exposición analítica de todo lo que se había venido tratando durante esas semanas. Entonces todo el mundo le dice: "Oiga, pero usted no había hablado, pensábamos que era mudo; en todas las dinámicas no hizo ruido, no participaba para nada". Él contestó: "No, yo estaba en silencio, en un silencio activo".



El viejito y Freire, en su silencio activo, mostraron lo que los antiguos filósofos griegos enseñaban: que la escucha atenta no es solo un acto de cortesía, sino también una fuente inagotable de sabiduría. Pitágoras, por ejemplo, exhortaba a ejercitarse en el arte de escuchar para, después, poder hablar con inteligencia. Sócrates escuchaba para poder preguntar, y Zenón de Citio recordaba que la naturaleza, al dotarnos de dos oídos y sólo una boca, nos señalaba lo que tenía más valor. No cabe duda: La escucha atenta es una fuente de sabiduría. El silencio activo un acto que todos deberíamos ejercitar.

martes, 2 de noviembre de 2021

La admiración por los nuestros


 

Me gustan los estudiantes
porque son la levadura
del pan que saldrá del horno
con toda su sabrosura

Violeta Parra, Que vivan los estudiantes


Como profesor, uno aprende bastante de sus estudiantes. A tal grado de que las nociones que de ellos tenemos, nuestras concepciones sobre el acto de enseñar y sobre la vida misma se refinan o modifican. Por mi parte, no me alcanzarían las líneas de este texto para señalar, así sea sucintamente, los cuantiosos aprendizajes y saberes que de ellos he obtenido.

Tal vez por ello, sin idealizar, el oficio docente sea uno de los más bellos que existen, pues no sólo nos da la oportunidad de crecer intelectualmente día a día, sino también de enriquecer nuestro espíritu a través de las interacciones que fraguamos con los alumnos, quienes avivan en nosotros la magia y la chispa de la creatividad y el entusiasmo, sofocada por la desesperanza y la rutina que nos impone este mundo enfermizamente competitivo.

Basta ver la manera en que nos contagian cuando, en algún festejo o evento cultural cantan, bailan, actúan, se expresan. Tal vez, en el fondo, renace en nosotros ese deseo – momentáneo a veces, es cierto – de hacer lo que nos gusta y reivindicar nuestro derecho a ser felices.

Paulo Freire e Ira Short, en un largo y profundo diálogo que tomó forma de libro, Miedo y osadía: La cotidianidad del docente que se arriesga a practicar una pedagogía transformadora, hablan de la huelga de obligaciones, para referirse a la negación del estudiante por trabajar (apatía, desinterés, le llamamos en estos contextos). Pero, ¿qué motiva una huelga? Pues el descontento, la inconformidad, la búsqueda de nuevas relaciones y condiciones de vida.

¿No será lo que en el fondo, a través de eso que nosotros llamamos apatía y desinterés por la enseñanza, los alumnos nos quieren decir que desean otro tipo de interacciones, otro tipo de relación con su docente y con el tema que es motivo de estudio?


A mí ese descubrimiento me llegó a través de una estudiante de secundaria de una zona rural, quien por medio de una breve carta me reprochó el hecho de que, al abordar un tema relacionado con el teatro, me hubiese enfocado en la parte teórica, a través de un método verbalista, en lugar de organizarles para montar una obra de teatro, lo cual les habría resultado más significativo y enriquecedor. “Cómo es posible que no haya notado que estábamos ansiosos por preparar una obra”, remataba su texto.

Y aprendí, aprendí a tomar en cuenta la voz del alumnado y a no encasillarme en los lugares comunes de “los alumnos no tienen valores”, “no quieren aprender”, etcétera.

Sin embargo, el descubrimiento más importante hasta ahora, no sólo en lo profesional, sino en la vida misma, lo adquirí de ellos, de mis estudiantes de secundaria. Resulta que, como una forma de conocer a los sujetos con quienes trabajaría, tomé por costumbre, durante mis albores como profesor, preguntarles a quiénes admiraban.

Aunque no faltaban quienes nombraban a los artistas o deportistas en boga, una contundente mayoría decía que admiraba hondamente a su padre, a su madre, a sus abuelos, tíos o hermanos. A mí esto, lo confieso, me causaba cierta gracia, la cual en ocasiones no ocultaba. ¿Cómo era posible sentir admiración por quienes ni siquiera habían salido del pueblo ni figuraban en ningún medio?

Decidí entonces pasar a otro pregunta: ¿Por qué los admiraban? Y las respuestas, aun hoy en día, me conmovieron sobremanera. Aparecía entonces algún humilde padre de familia que se privaba de darse alguna satisfacción personal para que a su hijo no le faltara la alimentación o el vestido; la madre que pasaba las noches en vela cuidando a su hija enferma; los abuelos que, ante la ausencia de sus hijos, asumían el rol de padres con sus nietos; el hermano mayor atento a las necesidades de sus hermanos pequeños o los tíos que por necesidad emigraron a otros lugares para, desde allá, hacerse cargo de la familia.

“Por eso los admiramos”, concluían. Ante mi silencio, solo les faltó decirme: ¿Le parece poco? Porque así hay argumentos, contundentes, que no precisan de tantas palabras ni circunloquios.

Y sí, en efecto, por eso son dignos de admiración. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestra gente, quienes están y han estado cerquita de nosotros. El verbo admirar lleva consigo el prefijo “ad”, que significa “cercanía”. Podemos comenzar, entonces, a mirar de cerca a quienes están junto a nosotros.


No por nada el gran Pablo Neruda escribió el portentoso poema Oda al hombre sencillo, o Jorge Manríquez las Coplas a la muerte de su padre. No por nada José Saramago, en su discurso para recibir el premio nobel de literatura se refirió con gran cariño a sus abuelos, quienes, sin saber leer ni escribir, le enseñaron más que ningún otro. No por nada Olga Orozco, en su profundo poema Si me puedes mirar, al referirse a una madre muerta (¿su propia madre?), escribe:

Búscame entonces tú en medio de este bosque alucinado
Donde cada crujido es tu lamento
Donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo
Donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad
Y cada resplandor, la lámpara que enciendes, para que no me pierda entre las galerías de este mundo

La madre, aun muerta, perdura, es guía y protectora en el sendero de su hija. Por eso, cómo no admirar a los nuestros, si son quienes nos han forjado. Cómo no apreciar a los estudiantes, si de ellos aprende uno cada día.

martes, 26 de octubre de 2021

De situaciones y actos límites


 

El pasado existe porque una vez fue real,

el futuro existe porque necesitamos que sea real.

Ray Brádbury


Conocí a doña pila cerca de un poblado en que trabajé hace tiempo. Sexagenaria, pero con la energía física de una veinteañera, me contó que había quedado viuda, a cargo de un padre enfermo y cuatro hijos, a la edad de 35 años. Tímida en extremo, sin títulos académicos –apenas pudo concluir el quinto grado de la escuela primaria–, sin grandes bienes materiales, ni familiares acaudalados que le acogieran en su infortunio, se vio sumida en la zozobra y desesperación cuando murió su marido.

No faltaron, sin embargo, y como suele suceder en los lugares con tradición solidaria, los vecinos que con apoyo económico o palabras de aliento le dieron bríos. Ni tampoco faltó el amigo que le dio un consejo de gran valor: Vender barbacoa de puerco. “Se invierte poco y las ganancias no son desdeñables”. Así podría sacar adelante a su familia y generar dos o tres empleos en el barrio.


Doña Pila siguió el consejo. Vio que el negocio podía prosperar. Y prosperó. A tal grado que en poco tiempo la entrada de su casa se convirtió en un restaurante muy popular entre la comunidad y pueblos circunvecinos. Hubo quien, incluso, contrató sus servicios para fiestas particulares.

La experiencia de doña Pila no es ni será la última, por supuesto. La historia es vasta en ejemplos que aluden a periodos de miedo y desaliento, o donde la vida, de súbito, da vuelcos inesperados, inimaginables. En lo individual y familiar: la muerte de un ser querido, la enfermedad, las crisis económicas, el abandono de ciertas facultades físicas o mentales, etcétera; en lo colectivo: desastres naturales, violencia estructural y económica, autoritarismo, pandemias, entre otros.

Hay, asimismo, innumerables ejemplos de situaciones desafiantes que han llevado a la decisión, a la acción extraordinaria. Situaciones donde los sujetos superan el actual estado de cosas, imaginan el futuro y lo (re)construyen. En la literatura se han abordado cuantiosas historias que recuperan lo anterior.

Como la que recupera Gabriel García Márquez en un libro titulado La aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile, en que relata cómo, debido a la dictadura pinochetista en Chile, que prohibía la entrada de personajes incómodos al país, el cineasta Miguel Littín volvió a su patria totalmente convertido en otra persona, con nuevo rostro, nueva identidad y hasta con esposa falsa, con el propósito de filmar junto a otros un documental que reflejara al mundo la realidad que se vivía bajo el régimen golpista.

O el Poema pedagógico, de Anton Makarenko, donde éste narra el proceso de búsqueda y transformación llevada a cabo por él y otros educadores y sus estudiantes –pequeños vagabundos “amenazantes e incorregibles” cuyos padres habían muerto durante la guerra civil en la Rusia de los años 20´s– en la colonia educativa Máximo Gorki, donde mediante el arte, la disciplina consciente y la visión de crecimiento colectivo se forjaron personalidades con alto sentido estético y aguda inteligencia.

Se trata de “situaciones límite”, que nos impelen a la ruptura, a la trascendencia, a realizar lo que está fuera de nuestra cotidianidad en busca de una realidad distinta, de un futuro mejor.

Aunque al hablar de ellas se alude por lo regular a Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo alemán, que utilizó el concepto para referirse a situaciones que no se pueden cambiar ni eludir (la muerte, la vejez, la enfermedad) y para quien las situaciones límites son la franja donde terminan todas las posibilidades, fue el brasileño Álvaro Vieira Pinto quien superó la visión fatalista del pensador alemán y las definió como “el margen real donde empiezan todas las posibilidades”, “la frontera entre el ser y el ser más”. Una situación límite, entonces, puede ser el parteaguas para realizar lo inédito.

En su libro Pedagogía del oprimido, Paulo Freire retoma las aportaciones de Vieira Pinto y destaca otra contribución de su compatriota: “los actos límites”. Es decir, aquellos que se dirigen a la superación o negación de lo otorgado, en lugar de la docilidad o aceptación pasiva, acrítica y fatalizadora.

Los “actos límites”, dice más adelante Paulo Freire en el mismo trabajo, implican una postura de decisión frente al mundo, que es transformado mediante la praxis (reflexión y acción transformadoras).


Así, la percepción de la situación límite, y la respuesta ante ella, dependerá del nivel de conciencia en que se hallen los sujetos, de sus dosis de creatividad, sus posibilidades históricas y contextuales y sus vínculos humanos. De tal manera que habrá quien se entregue a la indiferencia, quien se suma en el pesimismo o quien, como doña Pila, Littín o Makarenko, realice “actos límites” de cara a la transformación de la realidad.

En el último caso, innegable es que siempre encontraremos apoyo en los demás.

Año nuevo

Qué aprendimos en el año